Carmen Zea evoca la vida y el legado que construyó durante más de 50 años junto al Dr. Amalio Martínez Nieto: una historia de amor, complicidad y la decisión de seguir amándolo hasta la eternidad.
Por Sheyla Mosquera
Carmen Zea de Martínez todavía llama “mi amor” al hombre con quien compartió más de 50 años de relación. El Dr. Amalio Martínez Nieto falleció el 4 de octubre de 2022.
Sin embargo, su recuerdo sigue presente en los 200 mensajes que él le dejó, en los detalles cotidianos que compartieron y en las enseñanzas de un matrimonio que ambos construyeron mediante el amor, el respeto y la complicidad.

Desde que partió, Carmen no ha dejado de pensar en él. Está convencida de que ocupa un lugar privilegiado junto al Padre. Él era católico y mariano: admiraba a la Virgen de Guadalupe y a la Virgen Inmaculada. Le gustaba ir a misa, rezar el rosario, confesarse y hacer servicio social.
El doctor Amalio era un experto ginecobstetra y sexólogo ecuatoriano. Desde su juventud, siempre quiso construir un matrimonio basado en valores, porque no quería repetir la historia de sus padres.
“Un día, mi amor me contó su historia”, dice Carmen. “Él provenía de padres divorciados y siempre vio sufrir a su madre. Por esa razón, había decidido que jamás lastimaría a una mujer, sino al contrario: su esposa tendría que ser su reina, su todo, su vida. Y yo lo fui”.
Incluso, quería formar una familia sustentada en la fe católica, el compromiso, la ternura, el respeto, la honestidad y la responsabilidad. Para él, la madurez emocional también era fundamental en la vida de pareja.
Junto a Carmen, quien es licenciada en Enfermería, magíster en Terapia Familiar y educadora sexual, construyó el matrimonio que había imaginado desde joven: una historia que, para ambos, representa el amor verdadero.
Ese amor empezó cuando ella tenía catorce años y él veintidós.
Del aula de clases al impulso de la abuela

Carmen conoció al doctor Amalio en el colegio donde ella estudiaba. Él era un estudiante de Medicina contratado para reemplazar al profesor de Ciencias Naturales. Resultó ser muy estricto como maestro. Siempre les decía a sus alumnas: “Las mujeres tienen que ser unas damas y los hombres somos unos caballeros”.
El profesor Martínez les enseñaba a sentarse: “Vean, señoritas, por favor, siéntense bien, aquí no se viene a mostrar las piernas” o “Por favor, no griten, las mujeres tienen que hablar con delicadeza”.
Con honestidad, dice Carmen, cuando se cruzaron sus miradas, hubo un feeling entre los dos. A ella le atraía todo: sus labios, el perfume que usaba, cuyo aroma agradable quedaba impregnado por donde pasaba, su caballerosidad, cómo hablaba, lo respetuoso que era y el ser supereducado.
No obstante, el año escolar terminó y se volvieron a ver meses después. En tiempo de vacaciones, Carmen trabajaba como cajera en el almacén de sus tíos, Eléctrica Montoya. Y, por casualidad, Amalio pasó por ahí en dirección al cine que quedaba a la vuelta.
Desde entonces, el joven estudiante de Medicina iba todas las tardes al almacén a comprar un foco, un fusible, un metro de cable. Era para quedarse conversando con Carmen.
El noviazgo y el matrimonio

“Honestamente, con las visitas de Amalio al almacén de mis tíos empezó nuestro amor. En esas vacaciones lo acepté como enamorado y desde ahí para toda la vida. Se lo conté primero a mi abuelita materna y luego a mi mamá, cuyo carácter era muy difícil”.
Cuando vieron por primera vez a Amalio, vestido con un traje blanco de médico, ellas dijeron: “Dios mío, este hombre, ¿qué le puede hacer a esta chica? ¡Es mayor para ella!”. Sin embargo, Carmen aprovechó la ocasión para invitarlo a su fiesta de 15 años, donde bailaron juntos toda la noche.
“Mi abuelita se dio cuenta de que mi amor me prestaba su pañuelo para que me secara el sudor. Entonces ella me dijo: “Yo vi que ese profesor te estaba mirando mucho y andaba pendiente de ti. ¡Cuidado!”.
También añadió: “¡Ah!, y encima te dio su pañuelo. A ver, mijita, lave ese pañuelo y mañana se lo entrega bien planchadito”. “Si usted algún día quiere algo serio con él, nunca va a suceder porque se quedó con ese pañuelo”.
Y resultó que entregó el pañuelo. Carmen y Amalio formalizaron su noviazgo, que culminó en boda cuando ella cumplió diecinueve años y él veintisiete. Desde ese instante, comenzaron en conjunto a trabajar en lo planificado: desde la continuación de los estudios de ambos hasta los hijos, la casa o el auto que iban a tener.

Amalio: el principal maestro de Carmen

El doctor Amalio se convirtió en el principal maestro de Carmen y siempre la incentivaba a seguir preparándose académicamente. Cuando ella entró por primera vez a la habitación que él ocupaba de soltero, se sorprendió al ver la amplia biblioteca que cubría toda una pared. Tenía diversas colecciones de libros, desde las novelas de Agatha Christie hasta obras de medicina o textos sobre el futuro.
«A mí no me gustaba leer. Pero él me decía: “Mi amor, tienes que aprender, porque una mujer culta empieza por la lectura”. El primer libro que me sugirió fue La mujer del médico, de Brian Moore, pero no estaba relacionado con la medicina. Luego, Cuerpos y almas, de M. van der Meersch, y Crimen y castigo, de F. Dostoievski. Y terminé amando la lectura».
El doctor Amalio quería que estudiara. Al principio, Carmen pensó en cursar Psicología, pero se decidió por Enfermería. Incluso fue el doctor quien le pagó los estudios y la preparó para el examen de ingreso a la universidad. “Me consiguió los libros, los uniformes y todo lo que necesitaba, y pasé los exámenes”.
Tres años después, el doctor Amalio se fue a México para especializarse en ginecobstetricia. Al año siguiente, Carmen se reunió con él y juntos tuvieron a su primer hijo, Paolo. “Lo habíamos planificado”, recuerda.
Con el bebé, Carmen estaba pendiente de que sus llantos no despertaran al doctor Amalio. “Él tenía una jornada muy ardua de estudios y trabajo en el hospital, así que yo cuidaba que el niño no lo sacara del sueño”. Paolo, su primer hijo, tiene 46 años.
Cinco años después, al regresar a Ecuador, pensaron en tener otro hijo. Pero Carmen recuerda que ella le había pedido a Dios tres hijos. “Y el Señor me mandó a los gemelos”, cuenta entre risas: Francisco Javier y María Gabriela, que hoy tienen 40 años.

Más adelante, cuando Carmen empezó a crecer profesionalmente, el doctor Amalio la impulsó a seguir preparándose: asistir a congresos o talleres. Le decía: “Usted tiene que brillar más que yo”.
“Había una frase que se volvió muy de nosotros: ‘La arañita volvió a triunfar’. Él la decía para celebrar mis logros, y después se convirtió en una especie de código familiar. Cada vez que yo conseguía algo, él festejaba conmigo. Y mis hijos también terminaron diciéndola. Eso era parte de cómo nos apoyábamos: el éxito de uno era, a su vez, una alegría para el otro”.
La vida activa de Carmen y Amalio
A pesar del cansancio físico, Carmen y Amalio tenían una vida muy activa debido a sus profesiones y a las diferentes ocupaciones en las que participaban. Formaban parte de varios grupos de trabajo, entre ellos el de sexología, el de ginecología y el de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, donde eran docentes.
“También participábamos en otras actividades sociales y profesionales, por lo que nuestras vidas estaban llenas de compromisos y responsabilidades”.
Además, recuerda que su esposo fue masón. Aunque era un hombre profundamente católico y muy creyente, encontraba en la masonería una forma de cultivar el conocimiento, actuar con rectitud y ser una mejor persona.
“Muchas personas tienen una percepción negativa de la masonería. Pero para él representaba una manera diferente de fortalecer su intelecto y espiritualidad”.
Ese compromiso con la vida familiar y comunitaria también los llevó a formar parte de los grupos de encuentros matrimoniales y de los matrimonios de Schoenstatt en Guayaquil. Además, fueron profesores de los cursos prematrimoniales de la Arquidiócesis de Guayaquil.
Más adelante, crearon un voluntariado llamado Amacar. Ofrecían charlas para matrimonios y padres de familia. También trabajaban con adolescentes de diferentes colegios de Guayaquil.
Los detalles cotidianos y la prioridad de la pareja

Los detalles que el doctor Amalio tenía con ella eran increíbles, según Carmen. Él llegaba a la casa con una flor o unos globos. También le dejaba sorpresas en la cama, como bombones o regalos, siempre con una nota: “Para mi amor, con todo mi amor”. Eran detalles sencillos, pero llenos de cariño, que hacían que cada día se sintiera especial.
Cuando él se iba a trabajar y Carmen se levantaba, encontraba un mensaje escrito en un papel o con lápiz de labios en el espejo: un corazón o un “te amo”. También le escribía frases de amor en las servilletas cuando salían a comer a algún restaurante.
Para Carmen, los detalles con la pareja deben estar presentes toda la vida, así como la admiración mutua. Es una manera de cuidar la relación y sentir que el amor está presente cada día.
A él le gustaba cocinar. Incluso, a diario preparaba el desayuno: huevos, tostadas, queso, leche y café pasado. Hacía bistec, pollo y cangrejos. Además, alguna vez tuvo el deseo de estudiar para chef.
Según Carmen, el doctor Amalio la cuidaba en cada aspecto de su vida. Tenía la costumbre de llamarla por teléfono convencional a diario a las siete de la noche. Le decía: “Mi amor, ¿cómo estás? ¿Y novedades?”. “Era para sacarme todo el estrés del día. Y me pedía que estuviera lista para ir juntos a comprar el pan”.
En ese momento, Carmen les decía a sus hijos: “Si no terminaron las tareas y no se bañaron, lo siento en el alma, pues ya llega su papá y yo ya me olvido de ustedes”.
“Era nuestra manera sencilla de cuidarnos y de recordar que, además de ser padres, seguíamos siendo pareja”.
Pero no todo fue maravilloso. Como cualquier matrimonio, también tuvieron desacuerdos, problemas y enojos. No obstante, supieron resolverlos con paciencia, autocontrol y buena comunicación.
El manejo de las discusiones
Carmen recuerda que el doctor Amalio tenía una forma de manejar las discusiones. Cuando sentía que estas podían convertirse en insultos o en algo que les hiciera daño, prefería detenerlas mediante el autocontrol.
Él se iba un rato y, al regresar, era necesario sentarse con Carmen a conversar sobre el problema. Lo hacían con calma para no faltarse el respeto. Además, había que pedir perdón, negociar y no tratar de ganar una discusión.
Los rituales de pareja y de familia

Desde que Carmen y Amalio fueron novios, celebraban el Día del Amor y la Amistad con la cena del amor, como la bautizaron. La tradición continuó durante el matrimonio y ahora también la celebran sus hijos.
“Al principio, mi suegra, que era ecónoma, me apoyaba en armar la mesa y preparar la comida, pues yo no sabía cocinar. Amalio nos daba regalos, cualquier cosita sencilla”.
A Amalio también le fascinaba celebrar el carnaval. Eran cinco días de fiesta en su casa, donde reunía a todo el mundo: a sus hijos, hermanos y sobrinos. Le encantaba verlos disfrutar, comer, bailar, bañarse en la piscina, mojarse y brindar. Y, desde que el doctor falleció, la familia no ha parado de festejar para recordarlo.
Asimismo, le gustaba recibir en su casa a los hermanos políticos y sobrinos, los Zea Montoya. “Éramos 55”, recuerda Carmen.
La enfermedad y los momentos difíciles

La enfermedad del doctor Amalio fue un proceso que la familia vivió durante varios años. Primero, “le pusieron un marcapasos”; después tuvieron que operarle “la válvula aórtica” y, más adelante, el marcapasos le dañó el corazón y tuvieron que ponerle “un resincronizador cardiaco”.
Fueron años de mucha angustia. Pero, “con la oración y todo, salíamos victoriosos y todo bien”, rememora Carmen.
En 2018, cuando le pusieron el resincronizador, les dijeron que iba a bajar mucho de peso. Por eso, nunca imaginaron que, años después, esa pérdida de peso podría ser un cáncer en el colon. Sobre todo, porque siempre se sometía a chequeos médicos completos cada seis meses, incluyendo los de marcadores tumorales, y nunca salió nada que hiciera sospechar la enfermedad.
Todo se descubrió cuando su hermana mayor, Carmela, estuvo grave en terapia intensiva y él comenzó a tener diarrea. En una ecografía encontraron “un tumor en el colon” y el médico le recomendó acudir al gastroenterólogo.
«Fuimos donde el doctor Ignacio Hanna Jairala y mi amor le dice: “Ve, mi hijo, me están diciendo esto”. Entonces Hanna le responde: “Vea, maestro, tómese esto mañana todo el día para hacerle el viernes la colonoscopia y la endoscopia y ahí vemos”».
Llegó el viernes, recuerda Carmen, y el doctor Ignacio le dio la noticia de que su esposo tenía el cáncer más agresivo y maligno del mundo en el colon. Aun así, había que completar los estudios y hacerle una tomografía para determinar si había metástasis.
Inmediatamente, dice Carmen, fue sometido a una cirugía y descubrieron que la enfermedad estaba avanzada.
Bendita cirugía: nunca maldijeron la enfermedad
Durante esos días en el hospital, Carmen y Amalio disfrutaron estar juntos.
“Hablábamos, nos enamorábamos y hacíamos planes para el futuro. A pesar del dolor, la tristeza y la angustia que sentíamos, los últimos momentos que pasamos juntos fueron maravillosos, aunque él ingresó al hospital un viernes y el martes falleció”.
A pesar de la noticia de tener un tumor en el colon, Amalio nunca supo la gravedad de su enfermedad. En cambio, para Carmen, el sábado que operaron a su esposo fue el fin del mundo, al saber que ya no había nada que hacer.
Con todo el dolor vivido, Carmen y sus hijos nunca dijeron “maldita cirugía”, sino “bendita cirugía”, porque él no sufrió los estragos de esta enfermedad.
Después de ese día, Carmen estuvo mal durante dos años, pues no superaba la muerte de su amor. Incluso aún extraña su compañía, sus chistes, sus detalles, su complicidad, sus besos, sus abrazos y cómo la consentía, preparándole el desayuno hasta el último de sus días.
“Nosotros compartíamos todo”, agrega. También recuerda: “Dios lo amó tanto y la Virgen lo cuidó tanto, que él no tuvo necesidad de sufrir. Él no sufrió esta enfermedad”.
La decisión que Carmen tomó: seguir amando a Amalio hasta la eternidad

Al mirar atrás, Carmen Zea de Martínez sabe que el amor no fue solo una palabra para ellos. Fue estar, cuidarse, conversar, perdonarse y celebrar juntos cada logro y cada día. Después de su partida, ella tomó una decisión: seguir amándolo hasta la eternidad.
Amalio ya no está, pero permanece en sus recuerdos y en sus hijos. También está en esos pequeños detalles que, después de más de 50 años, hacen que Carmen todavía lo llame con la misma ternura de siempre: “mi amor”.
¿Te inspiró esta historia? Cuéntanos en la sección de comentarios de abajo cuál es ese pequeño gesto cotidiano que más valoras en tu pareja.

1 Comentario
Cecilia
Me encantó la historia de amor de los esposos Martínez Zea, muy inspiradora. El detalle que tenemos con mi esposo todos los días al despertar saludarnos con un beso y abrazo.